Samā, 1994
Cortesía de Gholam Ali Farhat
El principio fundamental de la Senda se apoya
sobre la experiencia de la Realidad divina, la cual, desde el punto de vista de
los sufíes es el Ser absoluto, la Luz absoluta, la Hermosura absoluta y el Amor
absoluto.
El Dios de los darwishes
trasciende todo cuanto otros han dicho o lo que hemos escuchado o leído. El
sufí intenta dirigir su amor hacia el Dios verdadero, es decir, el Ser
absoluto. En realidad nosotros, al principio, pertenecíamos a la Unidad de
Dios; luego, al recibir la existencia, hemos adquirido un «yo», un «ego», y es
precisamente este enfoque de la atención en nosotros mismos, este egocentrismo,
lo que nos ha separado de Dios. Este mismo individualismo, como un velo, es lo
que separa al sufí de la Realidad divina. Para que este velo se levante y el
sufí logre la unión con esta Realidad, con esta Unidad divina, se le prescriben
determinados programas con el propósito de curarle de la enfermedad provocada
por la manifestación de su propia existencia.
El sufí, al principio de
la Senda, se proclama enamorado de Dios, de ahí que le preparen un programa
pensado para un enamorado. Desde luego, quien entre en la Senda e intente
comprenderla con su intelecto, o hacer uso de su razón para entender las
palabras de los sufíes, no alcanzará la meta, ni le resultará efectiva esta
medicina.
El maestro de la Senda diseña
para el enamorado los dos programas siguientes:
Primero: se le enseña al sufí
que, como un enamorado ocupado continuamente con el recuerdo de su amado, debe
permanecer en todo momento sumergido interiormente en el recuerdo de Dios, para
que, de esta forma se aleje, poco a poco, del recuerdo de sí mismo. En palabras
del poeta:
Tanto
he pensado en Ti que mi ser cambió por tu Ser;
paso a
paso te acercaste a mí, poco a poco me alejé de mí.
Segundo: hemos dicho que todo cuanto existe es una
manifestación del Ser absoluto. Y así como el sufí ama a Dios, también debe
amar a Sus manifestaciones. En otras palabras, el sufí en su interior está
sumergido en el recuerdo de Dios, y en el exterior, ama y sirve a todas las
criaturas. Este amor y este servicio hacia las criaturas alejan al sufí del
amor hacia sí mismo y de cualquier egocentrismo.
De ahí que el programa para que el sufí alcance la Unidad
absoluta es, de un lado, el zekr, el continuo recuerdo de Dios, y de
otro lado, el servicio, el amor y la compasión hacia las criaturas sin ninguna
expectación de recompensa, ni proveniente de Dios, ni de las criaturas.
Finalmente debo recordar que el propósito del zekr es
el avance del espíritu del viajero hacia un plano superior, ya que Dios no
necesita de nuestro zekr en ningún caso. En cambio, el servir a los
demás posee dos virtudes: primero, aleja a la persona del amor hacia sí mismo,
y segundo, atrae el agrado de Dios. De ahí que, lo que verdaderamente está
dedicado a Dios es el servicio a los demás. En palabras del maestro Abol Hasan
Jaraqāni: «El sabio se levanta por la mañana y busca aumentar su sabiduría. El
asceta se despierta por la mañana y busca aumentar su ascetismo. Y, Abol Hasan
se despierta por la mañana y busca llevar felicidad al corazón de un hermano».
(′Attār, Memorial de los amigos de
Dios)