Un día, en el algún lugar, un
viajero subió sobre las alas de un ángel para ir a visitar el infierno y el
paraíso. Al llegar al infierno, el viajero vio, con asombro, que el infierno no
era como le habían contado, sino un lugar extraordinariamente bello y armonioso.
El infierno era un mundo colmado
de bienes celestiales; sus servidores eran hermosas huríes con rostros de luna
y voz angélica [...] Allí vio a un grupo de ángeles tocando extraños
instrumentos; una música armoniosa y trascendental llenaba el aire, y las
melodías, acariciando los oídos de los moradores del infierno, les invitaban a
participar en su canto gozoso.
El calor del infierno era
agradable, soplaba allí una brisa suave y perfumada que expandía el perfume de
la vecindad del Amado en cada rincón y sobre cada una de las partículas de ese
mundo.
Nuestro viajero, ebrio por el
resplandor del infierno, lo contemplaba con asombro y perplejidad. Veía a los
ángeles y a las huríes que bailaban y se contoneaban con sus esbeltas figuras,
intentando seducir a los moradores del infierno con giros y movimientos que
robaban el corazón.
Un río de agua dulce y
cristalina regaba los campos de ese mundo, campos y praderas cubiertos con un
manto verde y con flores silvestres que dibujaban las más bellas imágenes con
sus extraordinarios colores. Los árboles frutales se habían doblado hasta el
suelo, uno tras otro, bajo el peso de sus sabrosos y jugosos frutos.
El viajero pensó: “¡Qué extraño
ver tanta abundancia, tanto gozo y tanta felicidad reunidos en un mismo sitio!”
Y, sin embargo, al observar a los moradores del infierno, les encontró tristes
y desamparados, presos de una agonía angustiosa.
Cuando el viajero buscó la razón
de tan penosa agonía, descubrió que aquella gente sufría de hambre. Se fijó más
en ellos y vio que podían mover sus manos, pero no podían doblar sus codos. Sus
brazos se asemejaban a un bloque de madera, capaces de moverse solamente desde
los hombros; estiraban sus brazos y recogían los frutos de los árboles, pero,
al no poder doblar los codos, no podían alimentarse de ellos. Y aunque veían
tantos alimentos paradisíacos, al no poder comerlos, agonizaban de hambre.
El viajero vio que los moradores
del infierno, pálidos y abatidos, se iban muriendo en su afán de llevarse algún
alimento a la boca. Estaban tan enfermos y hambrientos que no escuchaban el
canto gozoso de los ángeles, ni podían volverse ebrios con el aroma del Amado
que llenaba el espacio. No veían aquella gloria ni conocían el amor. Y ese era,
precisamente, el castigo del que se hablaba.
Luego, el viajero subió otra vez
sobre las alas del ángel y viajó hasta el paraíso. Al llegar allí, lo encontró
tal como le habían contado; pero vio, con sorpresa, que el resplandor y los
bienes del paraíso no eran superiores a los del infierno. Servidores y ángeles
eran idénticos, hermosos y de dulce voz que, con sus melodías y con sus
cánticos regalaban los oídos de sus moradores, y con sus danzas celestiales
atraían todas las miradas.
El aire del paraíso era también
agradable, y la suave brisa expandía el aroma del Amado en cada rincón. El agua
de los ríos del paraíso era dulce y cristalina, y sus praderas y sus campos
eran tan verdes y coloridos como los del infierno, con sus árboles frutales
tocando el verdor, doblegados bajo el peso de sus frutos. Y la opulencia, el
canto y el gozo del paraíso eran, como en el infierno, infinitos.

Giraban cerca de nosotros aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas (Paraíso, C. XII)
La única diferencia entre el
paraíso y el infierno era el aspecto de sus moradores, que aquí, en el paraíso,
se mostraban felices, ebrios y enamorados. Al fijarse en ellos, el viajero
descubrió, con asombro, que tampoco sus brazos podían doblarse desde el codo;
sin embargo,¡qué extraño!, ellos no padecían el hambre
agonizante de los moradores del infierno, sino que disfrutaban del canto
celestial de los ángeles y, percibiendo el aroma del Amado, permanecían
sumergidos en un gozo y en una paz constantes. Ese era, precisamente, el bien
del que Dios habla: ¡Busca en lo que Dios te ha dado la Morada Postrera, sin
olvidarte de los bienes que tienes aquí, en este mundo! ¡Sé piadoso y bueno
[con los demás], como Dios lo es contigo! ¡No busques corromper en la tierra,
porque Dios aborrece a los corruptores! (Qo, 28, 77)
Los moradores del paraíso
respondían al bien y a la bondad que Dios derramaba sobre ellos, haciendo el
bien y sirviendo a Sus criaturas. Y aunque ellos no podían llevarse los
manjares a sus propias bocas, recogían los frutos de los árboles y los llevaban
a las bocas de los demás. Se alimentaban uno a otro y, como no pensaban en sí
mismos, gozaban de salud y disfrutaban con la amistad.
El viajero descubrió que,
mientras los moradores del primer mundo vivían en el infierno de su propio
egoísmo, de su soberbia y de su “todo para mí”, los moradores del otro mundo
vivían en su propio paraíso de amor, servicio y “todo para todos”.
En esto residía la diferencia
entre el infierno y el paraíso.
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