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Revista Sufí / Número 1 Versión para imprimir

 

Servir, servir, servir...

Hoserin Shoai Niya

SERVIR, SERVIR, SERVIR

Un día, en el algún lugar, un viajero subió sobre las alas de un ángel para ir a visitar el infierno y el paraíso. Al llegar al infierno, el viajero vio, con asombro, que el infierno no era como le habían contado, sino un lugar extraordinariamente bello y armonioso.

El infierno era un mundo colmado de bienes celestiales; sus servidores eran hermosas huríes con rostros de luna y voz angélica [...] Allí vio a un grupo de ángeles tocando extraños instrumentos; una música armoniosa y trascendental llenaba el aire, y las melodías, acariciando los oídos de los moradores del infierno, les invitaban a participar en su canto gozoso.

El calor del infierno era agradable, soplaba allí una brisa suave y perfumada que expandía el perfume de la vecindad del Amado en cada rincón y sobre cada una de las partículas de ese mundo.

Nuestro viajero, ebrio por el resplandor del infierno, lo contemplaba con asombro y perplejidad. Veía a los ángeles y a las huríes que bailaban y se contoneaban con sus esbeltas figuras, intentando seducir a los moradores del infierno con giros y movimientos que robaban el corazón.

Un río de agua dulce y cristalina regaba los campos de ese mundo, campos y praderas cubiertos con un manto verde y con flores silvestres que dibujaban las más bellas imágenes con sus extraordinarios colores. Los árboles frutales se habían doblado hasta el suelo, uno tras otro, bajo el peso de sus sabrosos y jugosos frutos.

El viajero pensó: “¡Qué extraño ver tanta abundancia, tanto gozo y tanta felicidad reunidos en un mismo sitio!” Y, sin embargo, al observar a los moradores del infierno, les encontró tristes y desamparados, presos de una agonía angustiosa.

Cuando el viajero buscó la razón de tan penosa agonía, descubrió que aquella gente sufría de hambre. Se fijó más en ellos y vio que podían mover sus manos, pero no podían doblar sus codos. Sus brazos se asemejaban a un bloque de madera, capaces de moverse solamente desde los hombros; estiraban sus brazos y recogían los frutos de los árboles, pero, al no poder doblar los codos, no podían alimentarse de ellos. Y aunque veían tantos alimentos paradisíacos, al no poder comerlos, agonizaban de hambre.

El viajero vio que los moradores del infierno, pálidos y abatidos, se iban muriendo en su afán de llevarse algún alimento a la boca. Estaban tan enfermos y hambrientos que no escuchaban el canto gozoso de los ángeles, ni podían volverse ebrios con el aroma del Amado que llenaba el espacio. No veían aquella gloria ni conocían el amor. Y ese era, precisamente, el castigo del que se hablaba.

Luego, el viajero subió otra vez sobre las alas del ángel y viajó hasta el paraíso. Al llegar allí, lo encontró tal como le habían contado; pero vio, con sorpresa, que el resplandor y los bienes del paraíso no eran superiores a los del infierno. Servidores y ángeles eran idénticos, hermosos y de dulce voz que, con sus melodías y con sus cánticos regalaban los oídos de sus moradores, y con sus danzas celestiales atraían todas las miradas.

El aire del paraíso era también agradable, y la suave brisa expandía el aroma del Amado en cada rincón. El agua de los ríos del paraíso era dulce y cristalina, y sus praderas y sus campos eran tan verdes y coloridos como los del infierno, con sus árboles frutales tocando el verdor, doblegados bajo el peso de sus frutos. Y la opulencia, el canto y el gozo del paraíso eran, como en el infierno, infinitos.

Giraban cerca de nosotros aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas (Paraíso, C. XII)

La única diferencia entre el paraíso y el infierno era el aspecto de sus moradores, que aquí, en el paraíso, se mostraban felices, ebrios y enamorados. Al fijarse en ellos, el viajero descubrió, con asombro, que tampoco sus brazos podían doblarse desde el codo; sin embargo,¡qué extraño!, ellos no padecían el hambre agonizante de los moradores del infierno, sino que disfrutaban del canto celestial de los ángeles y, percibiendo el aroma del Amado, permanecían sumergidos en un gozo y en una paz constantes. Ese era, precisamente, el bien del que Dios habla: ¡Busca en lo que Dios te ha dado la Morada Postrera, sin olvidarte de los bienes que tienes aquí, en este mundo! ¡Sé piadoso y bueno [con los demás], como Dios lo es contigo! ¡No busques corromper en la tierra, porque Dios aborrece a los corruptores! (Qo, 28, 77)

Los moradores del paraíso respondían al bien y a la bondad que Dios derramaba sobre ellos, haciendo el bien y sirviendo a Sus criaturas. Y aunque ellos no podían llevarse los manjares a sus propias bocas, recogían los frutos de los árboles y los llevaban a las bocas de los demás. Se alimentaban uno a otro y, como no pensaban en sí mismos, gozaban de salud y disfrutaban con la amistad.

El viajero descubrió que, mientras los moradores del primer mundo vivían en el infierno de su propio egoísmo, de su soberbia y de su “todo para mí”, los moradores del otro mundo vivían en su propio paraíso de amor, servicio y “todo para todos”.

 

En esto residía la diferencia entre el infierno y el paraíso.

 

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